Criar con calma en tiempos de ruido: cómo practicar una crianza sin culpa en un mundo de sobreexigencia
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Criar con calma en tiempos de ruido: cómo practicar una crianza sin culpa en un mundo de sobreexigencia

Hay días en los que criar se parece más a sobrevivir que a educar. Suena el despertador, el
peque no quiere vestirse, el mayor protesta por el desayuno, el móvil vibra con mensajes del trabajo y, en algún punto entre las prisas y el cansancio, aparece esa sensación incómoda de que no estamos llegando a todo. De que deberíamos hacerlo mejor.

Vivimos en una época paradójica: nunca ha habido tanta información sobre crianza respetuosa, educación emocional o desarrollo infantil… y, sin embargo, nunca tantos padres y madres se han sentido tan perdidos, agotados y culpables.

Por eso hablar de criar con calma es tan importante. Porque empieza a ser una necesidad
urgente. Y también una forma de proteger nuestra salud mental y la de nuestros hijos.


¿Qué significa realmente criar con calma?

Criar con calma no es observar cómo tu hijo hace lo que quiere, sin ponerle límites, mirando hacia otro lado en plan “yo paso” (aunque a veces den ganas). Tampoco es hablar en voz baja ni convertirse en una especie de monje budista.

Criar con calma es hacerlo evitando la agresividad, aun siendo firmes en nuestras convicciones y decisiones.
Frase de Armando Bastida
Un adulto calmado puede decir “no” y ser capaz de sostenerlo sin perder la paciencia, puede acompañar las emociones de su peque desde la validación, o explicar una norma importante sin gritar ni humillar. La clave no está en lo que decimos, sino en desde dónde lo decimos.

La calma como habilidad que se entrena.

Es cierto que algunas personas tienen un temperamento más tranquilo, y que otras personas son más impulsivas. Pero eso no quiere decir que todos podamos llegar a un punto en el que podamos afrontar la vida con calma (o con más calma que ahora). Y es que la regulación emocional se entrena, se aprende.

Igual que los niños lo aprenden y, por supuesto, tratamos de ayudarles a ello, también nosotros podemos aprenderlo. Es más, debemos aprenderlo, porque ¡ellos aprenden de nosotros! Por eso, criar con calma empieza por trabajar nuestra propia regulación. Somos humanos, y fuimos criados, la mayoría, entre gritos, amenazas, castigos cuando hacíamos algo mal (y amor, por supuesto, cuando éramos “buenos”). Eso significa que, en el día a día, y como consecuencia de esa herencia, haya momentos en los que nos desbordamos, que suelen suceder cuando estamos con nuestros hijos. Por estrés, por falta de sueño o por sobrecarga.

La cultura de la sobreexigencia en madres y padres.

Nunca se había esperado tanto de los padres como ahora. Porque claro, ahora sabemos mucho más de crianza y educación, y se espera que lo hagamos mejor (y nosotros esperamos también hacerlo mejor).

Se espera que estemos presentes, que juguemos, que estimulemos, que pongamos límites
respetuosos, que ofrezcamos alimentación saludable, que no gritemos, que no castiguemos, que acompañemos emocionalmente, recordemos que el jueves el niño tiene que ir de blanco para no sé qué actividad… y que además trabajemos, durmamos, tengamos la casa limpia y recogida, tengamos buena cara y tengamos vida de pareja.

Por más que queramos, es prácticamente imposible.

Sobreexigencia en madres: la carga mental invisible.

Muchas madres viven con la sensación constante de estar evaluadas. Si trabajan fuera, culpa por no estar en casa. Si están en casa, culpa por no aportar económicamente. Si se cansan, culpa por cansarse. Si necesitan espacio, culpa por necesitarlo. 

A esto se suma la carga mental: recordar citas médicas, cumpleaños, ropa que se queda
pequeña, tareas escolares, menús… una lista interminable que rara vez se ve, pero pesa como una losa.

Sobreexigencia en padres: nuevas demandas, viejos silencios.

Los padres también se enfrentan a expectativas nuevas. Se les pide implicación emocional,
presencia, corresponsabilidad, una nueva paternidad, una nueva masculinidad… pero muchas veces sin referentes claros, sin guías ni espacios para expresar sus dudas o inseguridades. Ejerciendo en la mayoría de casos de referente secundario, a menudo rechazado por su propio peque, pues prefiere claramente a mamá.

El resultado es que ambos llegan al final del día cansados, con la sensación de que no llegan a todo y claro, desde el agotamiento, es muy difícil criar con calma.

Cómo el exceso de información afecta a la crianza.

Buscamos respuestas y resulta que, encontramos tanta información, que aparecen dudas que no teníamos. Un experto dice una cosa, otro dice la contraria, una cuenta de redes sociales recomienda algo distinto… y acabamos sintiendo que hagamos lo que hagamos, estará mal o será insuficiente. Porque sentimos que, si no damos el excelente, no estará del todo bien. Y en todo queremos hacerlo de cine, sin darnos cuenta de que no se puede. Es más, es que no hace falta.Muchas preguntas acerca de la crianza

Cuando todo es importante, nada lo es.

No todo tiene la misma relevancia en la crianza. El vínculo, la seguridad emocional y el afecto importan mucho más que la técnica concreta que usemos para comer, si el vaso que has comprado tiene la forma adecuada o si el juego de hoy ha sido más o menos pedagógico.

Volver a lo esencial reduce la ansiedad y devuelve la sensación de control.

El vínculo entre culpa, miedo y agotamiento personal.

La culpa no aparece porque seamos malos padres. Aparece porque, a menudo, nos ponemos un listón demasiado alto.

Entonces sentimos que no llegamos, que tenemos que dar más de nosotros, la culpa empieza a volverse constante, y en vez de darnos un empujón, nos desgasta y nos hunde.

Por qué sentimos culpa incluso cuando lo hacemos bien.

Porque el estándar que muchas madres y padres nos ponemos es imposible. Queremos hacerlo perfecto. Queremos ser como esas madres y padres que vemos en las redes sociales o leemos en los libros. Y no se puede. Porque siempre habrá alguien que lo haga diferente o aparentemente mejor. Y siempre habrá un artículo que diga que podríamos hacerlo de otra manera cuando ya habíamos elegido hacerlo a la nuestra —e incluso cuando la nuestra nos funciona—.

El círculo del agotamiento.

Me exijo demasiado. Me saturo. Pierdo la paciencia. Me siento culpable. Me exijo hacerlo
mejor. Me saturo…

Agotamiento en la crianza

Romper este círculo pasa por aceptar que nuestros hijos no necesitan madres ni padres
perfectos. Que lo que necesitan son madres y padres presentes.

Qué es la crianza sin culpa y qué no lo es.

Criar sin culpa significa que tenemos que ser un poco más amables con nosotros mismos. Más compasivos. Asumir que nos vamos a equivocar, y no castigarnos por cada error.

Que vamos a criar con límites claros y coherentes a nuestro peque, o lo vamos a intentar,
siendo conscientes de que a veces no serán tan claros, ni serán tan coherentes.

Y está bien. Porque resulta que, a ser madre, a ser padre, no te enseña nadie. Lo vas aprendiendo con el día a día. Igual que nuestro hijo aprende a ser hijo cada día. Pues oye, con la misma comprensión con que tratamos a nuestro peque, porque no sabe hacerlo mejor, tendremos que reconocer que nosotros tampoco sabemos hacerlo mejor.

Volver a lo esencial: los pilares de una crianza más tranquila.

Si te fijas en los bebés y niños, necesitan muchas menos cosas de las que creemos (y creen). Porque muchas de las cosas que piden, las pelean porque las han visto y creen que no pueden vivir sin ellas. Pero en realidad, pueden. 

Es más, si le preguntas a un peque si prefiere un juguete nuevo con el que jugar solo, o pasar la tarde contigo, jugando con lo que ya tiene, seguro que escogerá lo segundo. Te prefiere a ti, porque es a ti a quien necesita, por encima de todo lo demás. 

Y no montando una tarde llena de actividades. Puede ser algo tan simple como estar juntos para leer un cuento, cantar una canción, bailarla, hacer un puzle, pintar o abrazaros mirando el atardecer mientras le explicas cosas de cuando eras pequeño, o pequeña. Porque, atención: muchos niños no saben que una vez fuimos niños. Y por supuesto, no saben cómo fue nuestra infancia si nadie se la explica.

Estrategias prácticas para criar con calma en el día a día

1. Baja expectativas: no te impongas imposibles.

2. Simplifica rutinas: vamos a lo fácil, que estar juntos es más que suficiente.

3. Anticipa situaciones conflictivas: trata de hablar mucho con tu peque, anticipándole los cambios, para que los comprenda mejor.

4. Haz pausas antes de reaccionar: cuenta hasta 10 antes de decir algo de lo que te
podrías arrepentir.

5. Cuida el lenguaje interno: háblate con cariño, esto no es nada fácil.

6. Recuerda que el comportamiento infantil es desarrollo, no provocación: tu peque
tampoco sabe hacerlo mejor, y tiene muy poquitas herramientas. En realidad, hace lo
que puede.

El autocuidado como parte de la crianza respetuosa.

Últimamente estoy leyendo a gente quejarse de aquellas personas que recetan el autocuidado. Porque, al parecer (nótese la ironía), añade presión a las madres y padres —sobre todo a las madres—, que no encuentran tiempo para todo. 

Volvemos a lo mismo: es un consejo, no es presión. Y el consejo tiene todo el sentido. Porque si no nos cuidamos nosotros mismos, mal vamos.

Cuidado personal

Ojo, que no hablo de hacer grandes planes: “como tengo que autocuidarme he decidido pedir un préstamo y hacer un viaje de dos semanas a las Malvinas”. Como plan, está genial. Pero es que igual es mejor hacer algo más light y a la vez más constante: salir a caminar un rato por una zona tranquila, hablar con alguien que sepa escuchar… yo no creo que esto sea presión. Esto es tener un poco de vida. Qué menos.

Qué hacer cuando pierdes la calma (porque pasará).

“Pero Armando, ¿tú nunca has gritado a tus hijos?”, me preguntó una chica al acabar una
conferencia. “Pues sí”, le dije, claro que sí. Ni que yo fuera perfecto.

Todos gritamos alguna vez. Y todos reaccionamos peor de lo que nos gustaría en más ocasiones de las que querríamos. Pero es que hay días que vamos como pollos sin cabeza. Semanas a veces. Meses… Yo hay veces que le digo a mi pareja: “Creo que lloro menos de lo que debería”.
Imagina.

Pues bien, a lo que voy: lo importante no es no equivocarse nunca, sino ser consciente del error, pedir perdón, y tratar de reparar.

Navegando en la crianza respetuosa

Porque, en contra de lo que mucha gente piensa, pedir perdón a un hijo no debilita la
autoridad. Al contrario. Le enseña que equivocarse es parte de la vida, que él también tiene derecho a errar, y que eso no significa que la relación se vaya a romper, ni mucho menos. El amor está por encima de nuestros errores.

—¿Me quieres papá?
—Mucho.
—¿Cuánto?
—Hasta tus defectos, y más allá.

Beneficios a largo plazo de criar desde la calma.

Creo que en realidad es algo que cae por su propio peso. Todos hemos sido hijos e hijas. ¿Te habría gustado que te criaran y educaran con respeto y con calma? ¿Habría sido beneficioso para ti?
Todos responderemos lo mismo: “No sé si habría sido beneficioso, pero sí, por supuesto. Ojalá me hubieran criado así.”

Pues bien, hablando de beneficios, por si alguien necesita saberlos:

● Niños más seguros emocionalmente.
● Menos luchas de poder.
● Mayor conexión familiar.
● Adultos menos agotados.

Ojo, que no es milagroso. Que en casa seguiremos teniendo desencuentros y conflictos, porque la convivencia es así. La diferencia es que, cuando hay adultos dispuestos a afrontarlos con calma, cambia mucho la forma de atravesarlos.

Criar con calma es posible, incluso en un mundo acelerado

Cuando salimos a navegar, no podemos escoger el estado de la mar. Pero sí podemos decidir cómo vamos a guiar nuestro barquito si un día hay tormenta. Y transmitir esto a nuestros hijos es, probablemente, lo más difícil, y a la vez, lo más valioso.

Criar con calma no es hacerlo perfecto. Es elegir cada día lo esencial frente a lo urgente. Es mirarnos con más amabilidad. Es recordar que nuestros hijos no necesitan padres impecables, sino padres que sean suficientes.

Si te interesa este modelo de crianza puedes seguir leyendo nuestra guía de “Crianza con
límites”.


Armando Bastida - Enfermero Pediatrico - Criar con sentido comunArmando Bastida - Enfermero pediátrico

 

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