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    Inicio > Artículos > Crianza respetuosa > Crianza respetuosa y con límites: ni todo vale, ni todo merece normas.

    Crianza respetuosa y con límites: ni todo vale, ni todo merece normas.

    Crianza respetuosa y con límites: ni todo vale, ni todo merece normas.

    En los últimos años, la crianza respetuosa ha ido ganando espacio en conversaciones familiares, en escuelas, en redes sociales… y también en muchas casas donde madres y padres han decidido romper con la herencia de la crianza autoritaria y están tratando de hacerlo lo mejor posible o, como mínimo, un poco mejor.

    Pero junto a este interés creciente ha aparecido una confusión muy frecuente, y a la vez muy dañina: la idea de que criar con respeto es no poner límites.

    Que quien aboga por una crianza respetuosa está dejando a su hijo hacer lo que le apetece, cuando le apetece, sin intervenir, observando cómo su peque rompe cosas, molesta, grita, pega, chilla y corre por todas partes, molestando a conocidos y desconocidos.

    Y no. Nada más lejos de la realidad.

    Criar con respeto no es criar sin normas, ni sin estructura, ni sin adultos que sostengan. Criar con respeto es entender qué necesita un niño o una niña en cada etapa de su desarrollo, y actuar en consecuencia, incluso cuando eso implica decir "no", frenar, redirigir o sostener una rabieta.

    Porque el respeto no está reñido con el límite. De hecho, sin límite, difícilmente habrá respeto. Lo que sí está reñido con el respeto son el miedo, la humillación y el castigo con que nos educaron a la mayoría en casa y en la escuela.

    📑 En este artículo
    • ¿Qué es realmente la crianza respetuosa?
    • El gran malentendido: crianza respetuosa NO es permisividad
    • ¿Por qué los niños necesitan límites?
    • Los límites como marco de seguridad
    • Crianza con límites: qué significa realmente
    • Cómo poner límites respetuosos en la práctica
    • Errores comunes al intentar criar con respeto
    • Qué gana una familia cuando hay respeto y límites

    ¿Qué es realmente la crianza respetuosa?

    La crianza respetuosa parte de una idea muy sencilla: los niños y las niñas son personas con derechos, con emociones y con un cerebro en desarrollo.

    Eso implica varias cosas importantes:

    • Que su comportamiento no siempre es voluntario ni controlado.
    • Que no nacen sabiendo regular sus emociones, sus impulsos o su frustración.
    • Que necesitan adultos que les presten su calma, su criterio y su estructura.

    Criar con respeto no significa tratar a un niño como a un adulto, sino adaptar nuestras expectativas a su madurez neurológica y emocional.

    Respetar es:

    • Acompañar una emoción sin ridiculizarla.
    • Poner un límite sin gritar ni amenazar.
    • Explicar las cosas, las veces que haga falta, aunque sepamos que aún no lo entenderá del todo.
    • Ser coherentes y previsibles.

    Y, sobre todo, respetar es no delegar en el niño una responsabilidad que no puede asumir: la de autorregularse solo.

    El gran malentendido: crianza respetuosa NO es permisividad

    Uno de los errores más comunes es pensar que, para educar diferente a como lo hicieron con nosotros, tenemos que hacer exactamente lo contrario. Si nos castigaban, humillaban y gritaban, y sentíamos que lo único que teníamos eran límites y prohibiciones injustas, pues lo contrario debe ser criar sin este tipo de prohibiciones, ¿no?

    Pues no, eso no es lo contrario. Lo contrario de gritar no es estar callado, sino hablar con un tono de voz normal. Así, lo contrario de poner límites de manera autoritaria es poner límites sin dañar.

    Y este es el gran malentendido. Porque muchas familias se han ido a ese supuesto contrario que no es. Creyendo que el problema era el qué, y no el cómo. Que el problema eran los límites, y no cómo nos los pusieron. Y han creído que, para no dañar emocionalmente a un niño, hay que evitar cualquier conflicto. Que poner límites frustra. Que frustrar es malo. Y que, por tanto, hay que evitar el "no".

    Pero la realidad es justo la contraria. Los niños necesitan límites para sentirse seguros. Necesitan saber qué se espera de ellos. Necesitan adultos que marquen el camino cuando su cerebro aún no puede hacerlo.

    Armando Bastida sobre criar con límites sin dañar

    Es decir, la permisividad no es respeto. La permisividad es abandono del rol adulto.

    Cuando un niño decide a qué hora se acuesta, cuánto tiempo usa pantallas, si pega o no a otros niños, o si puede cruzar corriendo a la otra calle, no estamos respetando su autonomía: estamos dejándolo solo ante algo que no puede gestionar. Estamos, de hecho, siendo profundamente irresponsables. Y esto tiene riesgos más que evidentes, en todos los sentidos.

    ¿Por qué los niños necesitan límites?

    Porque son personitas con un cerebro infantil en construcción, tratando de entender cómo funciona nuestra sociedad y aprender, a la vez, a comportarse de manera adecuada según nuestras normas.

    Durante los primeros años de vida —y especialmente hasta los 6-7 años— las áreas del cerebro encargadas del autocontrol, la planificación y la regulación emocional no están maduras. Por eso, lo más habitual es que los niños:

    • Griten cuando se frustran.
    • Golpeen cuando a través del grito no logran lo que quieren.
    • Se desborden cuando algo no sale como esperaban.

    Y aquí viene lo importante: no lo hacen "porque quieren", ni porque sean manipuladores ni mala gente (ni unos maleducados). Lo hacen porque no saben, ni pueden, hacerlo mejor todavía.

    Pero ojo, eso no quiere decir que haya que quedarse observando diciendo eso de "es normal, déjalo, son cosas de niños". No, no. Ahí es donde entra el adulto, para poner un límite claro, firme y respetuoso: "Esto no lo puedes gestionar solo. Yo estoy aquí para ayudarte."

    Y eso, aunque a veces genere enfado o llanto, es profundamente protector. Es como el jugador al que no le apetece hacer caso a su entrenador, porque le obliga a hacer muchos ejercicios intensos, pero luego descubre que obtiene los resultados deseados: "Mamá, papá, a veces sois un rollo. Pero oye, cuando os hago caso, parece que todo va mejor".

    Los límites como marco de seguridad

    Los límites no son un invento cultural ni una moda educativa. Son una necesidad evolutiva. Para entenderlo, hay que mirar al desarrollo infantil y al funcionamiento del cerebro.

    Los niños nacen con la parte más racional del cerebro en construcción, y va a tardar muchos años en lograr un desarrollo que consideremos maduro (entre 25 y 30 años, en realidad). Por eso, durante todo ese tiempo, y sobre todo en la primera infancia, los niños necesitan que los adultos actúen como su "cerebro externo". El concepto de cerebro externo es una manera bastante gráfica de definirnos como guías, o como Pepitos Grillos, que los acompañamos para ir modulando, moderando y dando forma a su comportamiento.

    Los límites dan seguridad

    Un límite claro y coherente le dice al niño: "Hay alguien cuidando de mí. Hay un marco. No estoy solo."

    La seguridad emocional no nace de la permisividad, sino de saber qué se puede hacer y qué no, y de comprobar que el adulto responde siempre de forma previsible, y que lo que dice tiene cierto sentido. Cuando los límites son claros, el mundo deja de ser caótico y se vuelve comprensible.

    Ilustración tipo Pepito Grillo: los límites como marco de seguridad

    Por eso, dejar hacer a un peque a su libre albedrío es sentenciarlo a una perdición emocional y social. Lo va a pasar muy mal, y va a reclamar, con un comportamiento muy conflictivo, figuras de autoridad que le sirvan de guía. ¿Recuerdas el primer día que entraste en IKEA? Yo me aseguré de ir acompañado de alguien que supiera cómo entrar y cómo salir, porque era muy capaz de perderme (y eso que hay flechas).

    Los límites enseñan autocontrol

    El autocontrol de un peque no aparece porque se lo exijamos. Decirles "¡contrólate!" ha funcionado con cero niños en la historia de los tiempos, así que tenemos que acompañarlo mientras aprende. Y, para ello, necesita que haya una sucesión de experiencias en las que el adulto pone el límite y acompaña la emoción que aparece.

    "No pintes en la pared". "No, tampoco en esa otra pared". "Ni en esa otra". "No pintamos en ninguna pared". "Ah, bueno, sí. En esta sí, porque es una pared de pizarra". "Pintamos en las paredes de pizarra, pero no en las que no son de pizarra". "Ah, bueno, sí. En esta pared podemos pintar, porque es la del colegio y estamos creando un mural".

    ¿En qué quedamos, se pinta en las paredes o no se pinta en las paredes? Pues sí, pero no, pero a veces, para un niño, no es fácil entender los límites, y necesita probarlos varias veces para que los vayamos acotando y dando sentido.

    Por eso, primero el niño se regula con el adulto. Más adelante, aprende a regularse como el adulto. Y solo al final podrá regularse a su manera, sin necesidad del adulto.

    Ilustración de un peque dibujando: los límites enseñan autocontrol

    Los límites preparan para la vida adulta

    La vida adulta está llena de límites: sociales, laborales, legales, emocionales... Un niño que crece sin ellos no se vuelve más libre, sino menos preparado.

    Y es que poner límites no es endurecer la infancia, es entrenar habilidades: tolerar la frustración, aceptar un "no", aprender a esperar, aprender a negociar, ser precavido en ciertos escenarios y con ciertas personas, saber cuándo te has equivocado, pedir perdón, reparar errores que hayas podido cometer...

    Los límites fortalecen el vínculo

    Aunque pueda parecer contradictorio, los límites bien puestos no rompen el vínculo, lo refuerzan. Porque un niño se vincula con más seguridad cuando siente que el adulto es firme, estable y protector.

    El límite transmite un mensaje muy potente: "Te quiero lo suficiente como para cuidarte, incluso cuando no te gusta."

    Estoy seguro de que quienes me leéis tuvisteis un profesor o profesora que, de alguna manera, os cambió la vida para bien. O que simplemente recordáis con muchísimo cariño. Seguro que tenía muy claro cuáles eran los límites en vuestra relación, y que os informaba de ellos y, aun así, los sentíais como justos y lógicos.

    Crianza con límites: qué significa realmente

    Por seguir deshaciendo la madeja, y que al final no queden dudas, vamos a aclarar conceptos.

    Qué son los límites

    Los límites son marcos claros y coherentes que protegen al niño, a los demás y al propio adulto. Son decisiones que toma el adulto para garantizar seguridad física, emocional y relacional.

    Ahora bien, cuando el peque crece, algunas de estas decisiones pueden consensuarse, hablarse y negociarse. Porque no en todas las casas existen los mismos límites, ni todos son igual de importantes.

    Qué no son los límites

    Los límites no son gritos, ni amenazas, ni chantajes, ni imposiciones arbitrarias. Tampoco son negociaciones infinitas ni explicaciones interminables en las que parece que pedimos perdón o nos justificamos eternamente (pues acaban sintiendo que, en realidad, ni nosotros nos creemos lo que tratamos de explicar).

    Y no, los límites tampoco son castigos. Porque mientras los límites protegen, los castigos dañan. Mientras los límites enseñan, los castigos imponen. Mientras los límites buscan el aprendizaje, los castigos buscan la obediencia. Y mientras los límites acompañan, los castigos amenazan.

    Y es que el castigo es, en realidad, una consecuencia impuesta con intención de generar miedo, culpa o dolor para cambiar una conducta. No se ha creado para buscar comprensión, ni reparación, sino para hacer un daño y provocar una sumisión.

    Durante mucho tiempo se creyó que era la mejor manera de educar a los niños: si hacen algo bien, se les da un premio. Si hacen algo mal, se les castiga. Sin embargo, con los años, se ha descubierto que, aunque el castigo puede detener una conducta a corto plazo, no enseña autorregulación, ni enseña empatía, ni responsabilidad. Es más, se ha visto que el castigo enseña a evitar la sanción, provocando que los niños tiendan a ser más mentirosos (para evitar los castigos), que tengan más miedo a equivocarse y que no integren los límites y normas porque sean justos, sino para evitar el daño.

    Así, el día que tú no estés presente para imponer una sanción, ¿qué le detendrá?

    Por eso, en lugar de castigar, se recomienda enseñar, desde el cariño y desde la relación, qué ha hecho, cuál es la consecuencia, y qué puede hacer para repararla, si es que hay reparación posible: "le has quitado el juguete a ese niño, ahora el niño está llorando: ¿qué puedes hacer?"

    Firmeza y respeto pueden ir de la mano

    Otro falso dilema: o soy firme o soy respetuoso. Si crees que has de elegir, es que no entiendes el significado de firme, o no entiendes el significado de respetuoso. O ninguno de los dos.

    La firmeza es claridad, coherencia y constancia. Es sostener una decisión incluso si esta decisión enfada a tu peque: "No, cariño. Ya te has comido un caramelo. Por hoy es suficiente". "Entiendo que quieres otro caramelo, pero hoy no te voy a dar más". "Lo sé, pero hoy no vamos a comer más caramelos"… y así puedes seguir hasta que tu peque se aburra, se canse de ti o se enfade aún más. Pero no llueve eternamente, y los peques no se enfadan para siempre. Al rato se habrá cansado de pedir, se dará cuenta de que tu decisión es firme, y optará por pedir otra cosa, por irse a jugar, o por abrazarte para que lo calmes, porque ha sido muy duro llorar tanto por un caramelo que no ha recibido.

    Y no le habrás faltado al respeto ni una sola vez. Es más, incluso habrás validado la emoción.

    Tu peque, al final, no aprende que "mi madre o mi padre es un rollo porque nunca me da los caramelos que quiero", sino que "mi madre o mi padre no siempre me da lo que quiero, pero al menos es buena gente". O sea, "al menos me lo dice con respeto".

    Insisto, al final, es sobre todo una cuestión de formas, y no de fondo.

    Cómo poner límites respetuosos en la práctica

    Hablar de límites es relativamente sencillo. Aplicarlos en el día a día, con cansancio, prisas y emociones intensas, es otra historia. Por eso esta parte es clave.

    Límites claros y concretos

    Un límite respetuoso no es ambiguo. Cuanto más pequeño es el niño, más claro debe ser. No es lo mismo decir "Pórtate bien" que "No se pega. Si estás enfadado, te ayudo a calmarte."

    Los límites vagos generan confusión y más conflicto, porque no entienden qué esperas de ellos. Los límites concretos, en cambio, ayudan al niño a anticipar y entender:

    "Veo que estás muy enfadado. No voy a dejar que pegues. Si quieres, te ayudo a solucionar el problema."

    Coherencia entre adultos

    Uno de los grandes pilares de los límites es la coherencia en casa. Esto no significa que los dos miembros de la pareja (si la hay) tengan que pensar igual en todo, sino acordar lo esencial.

    Cuando un adulto dice sí a un límite importante, y el otro dice no, el niño duda del límite, y decide probar a ver qué pasa si lo sobrepasa.

    Y ojo, a veces no estar de acuerdo es enriquecedor, porque inicia un debate en el que nuestro peque puede participar. Pero repito, en lo esencial, debemos ser coherentes, porque así seremos consistentes como pareja, aportándole seguridad. Si no, el peque estará más nervioso y ansioso, porque no sabrá cuándo hacer qué, delante de quién, y puede hacer que viva en alerta en un entorno (su propia casa) en el que tendría que sentirse totalmente seguro.

    Pocos límites, pero importantes

    No todo merece un límite. Intentar regular cada gesto, cada emoción o cada decisión es agotador para el adulto, y horrible para el niño, que se siente encorsetado en su día a día. Los niños tienen que poder jugar, correr, saltar, explorar… en definitiva, tienen que poder ser niños. Así que no podemos pretender ponerles límites para que se comporten como si tuvieran 45 años, cuando tienen 4 o 5 años.

    Así que sí, límites sí, pero los que sean importantes, que son los que tienen que ver con:

    • Seguridad
    • Respeto a los demás
    • Autocuidado

    Elegir pocos límites claros es mucho más eficaz que imponer muchos imposibles de sostener.

    Anticipar antes de prohibir

    Muchos conflictos se pueden evitar anticipando. Por ejemplo: "Hoy, como es domingo, vamos a ver un capítulo de los dibujos que tanto te gustan. Cuando suene la música del final, apagaremos la tele y jugaremos a algo."

    Otro ejemplo: "Vamos a jugar a los coches. Después de jugar, recogemos juntos y nos vamos a cenar."

    Anticipar no evita el enfado siempre. Es muy posible que al acabar de jugar diga que le parece muy cansado e injusto recoger los coches, esparcidos por todo el comedor… pero, al menos, reduce la sorpresa, y eso ya es una gran ayuda para un cerebro inmaduro.

    Sostener el límite aunque haya llanto

    El llanto no significa que el límite sea incorrecto. Significa que al niño no le gusta. Por eso, sostener un límite con calma, acompañando la emoción, es una de las tareas más difíciles… pero, a la vez, más valiosas.

    Pongamos un ejemplo: "Sé que quieres seguir jugando. Es difícil parar. Pero es tarde, y ya tendríamos que estar en la cama. Vamos a ir acabando, y si quieres, me quedo contigo hasta que te consigas calmar."

    Ilustración de un peque llorando mientras se sostiene un límite

    Mi padre decía "¡A la cama!", y me parecía injusto, arbitrario y autoritario. Por eso yo prefiero explicarlo y acompañar. Porque, aunque al peque no le guste, se siente sostenido en su emoción desagradable.

    Errores comunes al intentar criar con respeto

    Nos vamos a equivocar. Y está bien. Porque nuestros mayores no nos solían explicar bien los límites, sino que nos los imponían. Así, unos días nos pasaremos de exigentes y otros seremos más permisivos. Es normal, estamos buscando nuestro equilibrio mientras intentamos ayudar a equilibrarse en una cuerda floja a un crío que acaba de empezar a andar, con las piernas bien abiertas y el paso torpe.

    Esto hace que cometamos errores como:

    Explicar demasiado

    Explicar no es malo, pero explicar en exceso satura y no regula. El peque siente que está al mismo nivel que tú, que puede debatir el límite y que quizás consiga tumbarlo. Un niño pequeño no necesita discursos largos: necesita presencia y claridad.

    Negociar todo

    Un poco lo mismo: no todo es negociable. Cuando todo se negocia, el niño no sabe qué depende de él y qué no.

    Cambiar límites según el humor

    Si hoy algo vale y mañana no, el límite deja de ser un límite. La coherencia es más importante que la perfección.

    Evitar el conflicto a toda costa

    El conflicto no es el enemigo. El abandono emocional y la ausencia de límites, sí. Por supuesto, es mucho más fácil dejar al peque que haga lo que quiera. Pero no es lo deseable. Hay adultos a los que no les dijeron que no y les consintieron todo, que siguen creyendo que pueden hacer con los demás, y de los demás, lo que se les antoje. Por desgracia, he conocido a más de uno, y de una.

    Qué gana una familia cuando hay respeto y límites

    Por eso, cuando los límites están claros y se aplican con respeto, ocurre algo muy importante. En ese hogar hay menos luchas de poder, más conexión, hay niños que se sienten seguros y adultos que están más tranquilos.

    Y no porque desaparezcan los conflictos, sino porque todos aprenden a resolverlos sin que haya una batalla constante.

    • Si te interesa este modelo de crianza puedes seguir leyendo nuestra guía de "Crianza con calma y sin culpa".
    Armando Bastida

    Armando Bastida

    Enfermero de pediatría con más de 20 años de experiencia. 
    Padre de tres hijos y fundador de Criar con Sentido Común, la mayor comunidad online de crianza respetuosa en español.Autor, conferenciante, y divulgador sobre crianza, educación y salud infantil.

    Colegiado nº 40461

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